zo de 1852, a la dos de la tarde, tiempo de París, un poeta le escribe a su madre una carta donde le confiesa lo siguiente: “He descubierto a un autor norteamericano que me evoca una increíble simpatía y ya he escrito dos artículos sobre su vida y su trabajo. Los escribí con pasión; sin embargo, notarás que algunas líneas traicionan mi extraordinario entusiasmo. Este es el resultado de la trágica y loca que vida que llevo; los escribí durante la noche; a veces trabajaba de diez de la noche a diez de la mañana. Tenía que hacerlo para ganar un poco de silencio y descansar del insoportable alboroto de la mujer con la que vivo”. A Mme Aupick no se le ocurre que en esa carta se devela un acontecimiento importantísimo en la historia del arte —cómo saberlo, de cualquier forma—; ella se preocupa por la desperdigada vida que si hijo vive. Y él la entiende. Tres años más tarde, en 1855, en otra carta: “Querida madre, no sabes ni si quiera un poco cómo es la vida de un poeta; sin duda, no entenderás mucho de lo que te acabo de decir, y aquí es donde yace mi miedo. No moriré miserable, no me volveré viejo sin alcanzar una existencia acomodada, nunca lo permitiré; creo que valgo algo, no más que los demás, pero al menos sí valgo para mí mismo”. Y ciertamente, un hecho incomprensible para una madre sería aceptar que su crio tenga la convicción de ser poeta. Mme Aupick por eso nunca desamparó a su hijo, lo ayudó hasta que murió. Esta desesperanza, no obstante, no le impide publicar un libro al joven poeta y piensa que su fortuna puede cambiar; y, por supuesto, para clamar los nervios de la señora Aupick, se lo cuenta: “Ayer le di a otra imprenta el manuscrito de mis Fleurs du Mal […] Todo estará mejor para finales de marzo. Cambiaré de piel: ¿seré más feliz? ¡Ay!” (carta del sábado 8 de febrero de 1857). El hijo de Mme Aupick es Charles Baudelaire.


